NUESTROS SUEÑOS, NUESTRO PRECIO.
Por Joan Alejandro Rueda Rueda
“Todo hombre tiene su
precio, lo que hace falta es saber cuál es”, decía Joseph Fouché en tiempos de
revolución francesa, tiempos en los que los valores de justicia, libertad y
verdad comenzaban a tomar sentido, sirviéndoles a los hombres como incentivo
para lograr la creación de un Estado más social e incluyente, todos ellos,
víctimas de un mundo materialista, controlado por un puñado de títulos
nobiliarios, ya que eso eran, meros títulos posados sobre cuerpos sin alma, acumuladores
de riquezas y poder, tal era el precio de sus gobernantes, pero ¿Acaso es el
único que ha motivado a la raza humana a lo largo de la historia? ¿Son las
riquezas materiales, las mismas que daban sentido de vida a la élite francesa
del siglo XVIII, las que nos motivan a justificar lo injustificable? O por el
contrario, el valor de las personas rebasa las fronteras del materialismo y nos lleva a pensar que nuestro valor se
deriva de nuestra esencia, de nuestros sueños, de lo que somos o seremos
capaces de hacer con tal de cumplir con nuestros objetivos.
Decir de manera tan ligera
que todas las personas valemos nuestro peso en oro, que somos tan susceptibles a
cualquier propuesta monetaria como las aves de carroña a los desechos de
nuestras calles, sería nada más que un generalísimo, una idea sin fundamentos
suficientes y además de todo, una afrenta a las convicciones de cada persona. De
la misma manera, caería en un error si no hago mención de ese cáncer que tanto
daño le ha hecho a nuestra sociedad, el cual conocemos con el nombre de
corrupción, palabra que para algunos muy cínicos no existe en el diccionarios y
que para otros es el pesar de sus vidas, haciendo que este término sea definido
por muchos como el verdadero mal de nuestra sociedad, entre ellos Charles
Ferguson, quien en su famosa obra cinematográfica, Inside Job[1] devela la
corrupción enraizada en el sistema económico mundial, los intereses financieros
que prevalecen en manos de unos pocos y cómo esta enfermedad ha sido la
causante de múltiples crisis económicas en el mundo, afectando negativamente a
millones de familias. Enfermedad que ha tocado de manera brutal y directa al
pueblo colombiano, causante de incesables conflictos y malestares en nuestra
sociedad, carcomiendo poco a poco la conciencia de muchas personas, llevándolas
a una espiral de vicios perniciosos, lo cual las ha hecho ponerse una etiqueta
en sus orejas, como al ganado de nuestro llanos, identificándolas con un precio
meramente monetario y… Aunque ha sido el precio de muchos a los largo de
nuestra historia, no ha sido el precio absoluto, porque no todos somos ganado
servil dispuestos a entrar en un matadero, peor al que describe Esteban
Echeverría en sus historias.
No todo el mundo puede tener
un precio material, que los jóvenes posean conocimientos y valores, que la
justicia siga su curso a pesar de obstáculos, que nuestra calidad de vida se
mantenga incluso durante la enfermedad, todo esto sucede gracias a que muchos
profesionales cumplen cabalmente con su obligación a cambio de salarios modesto
(María Frápolli, 2013) Lo cual nos
hace cuestionarnos, si el dinero no es nuestro precio por naturaleza, sino por
enajenación o corrupción, entonces cuál lo es, qué nos seduciría de tal manera
que nos hiciera hacernos los de la vista gorda, qué actos estaría dispuesta a
realizar el hombre con el fin de llevar a cabo sus cometidos. Esos hombres y
mujeres desolados por el materialismo en la Francia del siglo XVIII, estaban
dispuestos a hacer lo que fuese con tal de derrocar el régimen nobiliario y
excluyente, su objetivo era claro, nada se interpondría entre ellos y lo que
les había ofrecido, la libertad, su tan añorado sueño. A ese tipo de precio
hacía referencia Fouché, el verdadero precio de cada persona en el mundo, y la
revolución francesa nos lo demuestra no sólo con el actuar de su pueblo, sino
con el de un hombre en particular, “El incorruptible”[2], llamado de esta manera
por quienes lo seguían al demostrar ferviente pasión hacia sus ideales, un
hombre que soñaba con una Francia republicana, más justa y equitativa, el líder
revolucionario que no podía ser comprado con bienes corporales, pero si con la
materialización de sus sueños, el hombre que alguna vez defendió la abolición
de la pena de muerte se encontraba en una situación compleja, sus más cercanos
opositores le impedían concretar sus objetivos, vio en ellos un obstáculo y se
dejó seducir fácilmente por sus deseos, implanto el régimen del Terror,
mandando a la guillotina a cada uno de los que osaban contradecirle e impedir
la creación de la República, había vendido su cordura ante la realización de
sus sueños.
Pero esto no sólo es cosa de
franceses, Latinoamérica vio hace unas décadas atrás como un líder
revolucionario se alzaba ante los tribunales de su país, abogando por sí mismo,
pronunciando las palabras que hoy día siguen haciendo eco en nuestra tierra,
“La historia me absolverá” pronunció el entonces joven abogado Fidel Alejandro
Castro, en defensa de sus ideales, años después de declamar tales palabras, de
la Sierra Maestra emergió un nuevo régimen nacionalista, de esperanza para el
pueblo cubano, pero fue cuestión de semanas, para que Fidel Castro vendiera a
todo el pueblo cubano y sus ideales nacionalistas, al poder de la Unión
Soviética, transformando sus memorables
discursos que dejaban anonadados a miles de líderes mundiales por
represión y violencia, todo con la intención de cumplir sus sueños y expulsar
de sus tierra a los supremo opresores, a los cuales termino pareciéndose sin
mayor dificultad. En Colombia hemos vivido historias similares, como el sueño
de un hombre de exterminar por completo a un grupo subversivo a causa del
asesinato de su padre a mano de estos personajes, un hombre que llego al poder
añorando la seguridad de un pueblo ante las guerrillas, tapo su ojo izquierdo, justifico
lo injustificable y vendió su estirpe liberal por cumplir ciegamente con sus deseos,
dando sentido a la frase otorgada al filósofo Nicolás Maquiavelo, “El fin
justifica los medios”.
El ser humano ha demostrado hacer lo que sea con
la intención de satisfacer sus deseos, lo cuales no comprenden una totalidad
monetaria como el lector se ha podido percatar, cosas tan comunes como triunfar
en una determinada empresa a costa de causar malestar en la vida de otros trabajadores,
pero no todos los ejemplos mostrados siempre van dirigidos a causar penurias en
vidas ajenas, también existen casos poco particulares, pero que conllevan hermosos
sacrificios como los que hace la madre al amamantar y criar a su bebe,
dispuesta regalar su propio cuerpo, a entregar su esencia de ser por ver
cumplir sus sueños, tan bien intencionados como una vida de calidad para sus
hijos o la entrega que hace un docente apasionado por su trabajo, la completa
entrega de su vida a la pedagogía, abandonando muchos otros placeres del mundo
por la convicción de observar en sus alumnos los continuos hacedores y
transformadores del mundo o quienes de manera sorprendente abandonan muchas
otras posibilidades de trabajo por representar a través del arte las penurias y alegrías de los hombres.
Todos tenemos un precio, de eso no hay duda, pero
no todos son comprados con el dinero, el valor de la personas no deriva en una
cuenta bancaria, sino en lo que vale como ser humano, en sus ideales, en
capacidad y principios, entre ese tipo de personas muchos son capaces de vender
el destino de unos cuantos por la ambición de ver cumplir sus sueños más
añorados, otros por el contrario, venden sus propias comodidades con la
intención de hacer se sus vidas algo mejor y productivo para los demás. Para
quienes hacen parte del grupo de personas que venden su razón a costa de
satisfacer sus deseos, no quiero decirles que abandonen sus sueños, sino que
impongan ante todo la virtud, no la del sometimiento de Robespierre,
hago referencia a la virtud de Aristóteles, la de la moderación, en la que no
se cae en extremos, como el de la avaricia o el de justificar los medios con un
fin, una virtud que hará con nuestra sociedad un mundo mejor, en el que
reconozcamos el valor del otro sin caer en el impulso de nuestros deseos como
nuestros antecesores, dejando de lado los debates metafísicos de corrupción
– tanto de ideas como de dinero - como dice Frápolli, y manteniendo la cordura, dejemos de
justificar lo injustificable.
[1] Inside Job (También
conocida como Dinero Sucio) es un documental de 2010 sobre la crisis financiera de 2008. Se estrenó el 16 de mayo en el Festival de Cannes de 2010 y recibió el Premio Óscar a Mejor Documental en 2011.
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