CONTRACORRIENTE: UN LLAMADO A LA DISCUSIÓN
¿Les ha pasado que, por hacer algún reclamo, crítica, por iniciar alguna confrontación o no seguir la corriente, les han dicho problemáticos, promotores de odio, pesimistas?
No sé a quién se le ocurrió decir, por primera vez, que la discusión y las contiendas eran malas para la humanidad, ni en qué momento de la historia eso sucedió. En cambio, sí sé que, en la actualidad, a la persona que quiere debatir, confrontar, controvertir, cuestionar, argumentar y problematizar la vida misma, despectivamente se le llama problemática, conflictiva, generadora de odios y, finalmente, se le condena al ostracismo, se prescinde de ella.
Podría pensarse que, una de las razones por las cuales no estamos dispuestos a ser parte una confrontación o, mejor dicho, estamos dispuestos a señalar a quien es parte de una, es por el hecho de que Colombia ha estado muchos años en un conflicto interno, y que los colombianos estamos cansados de vivir en la zozobra, por lo cual requerimos de una actitud pacífica ante la vida y los problemas. Pero, no es así. No necesitamos, ni siquiera, ver las cifras de la Fiscalía o de Medicina Legal, tampoco los noticieros, sólo con salir a la calle y esperar podemos darnos cuenta de que a nuestra sociedad le encanta la crueldad, que aprovechamos cada oportunidad para utilizar la violencia física y verbal con los demás y que vamos a alzar la voz siempre que podamos pisotear a alguien, claro está, si y sólo si este alguien, en nuestra imaginaria jerarquía social es inferior y no tiene cómo defenderse.
Si no es eso, entonces por qué decidimos evitar los debates sobre política, economía, medio ambiente, educación, salud, conflicto interno, filosofía, música, desigualdad, prácticas sociales, incluso religión. ¿Será tal vez porque vivimos entorno a la superficialidad, a lo inmediato, a lo que no implica ni un pequeño esfuerzo reflexivo, al consumo, que no tenemos la más mínima idea sobre estos aspectos o no sabemos cómo formular un argumento a favor o en contra de alguna postura frente a estos temas, porque no sabemos ni en qué creemos o por qué lo hacemos? ¿Acaso nuestra ignorancia y poca capacidad de análisis hacen que aceptemos las cosas tal cual son y nos neguemos a ver más allá? ¿Será que nuestros modos de vida están formando en nosotros pequeños fanáticos sin capacidad de raciocinio y temerosos de la confrontación o de la puesta en evidencia de nuestra ignorancia?
La actitud pasiva que hemos asumido respecto a las ideas está haciendo que en la actualidad aceptemos todo lo que se nos pone enfrente, porque todo vale, y cada quien puede pensar y hacer con su vida lo que se le dé la gana. Esta actitud nos está conduciendo a hacer la vista gorda frente a los problemas que tienen los demás, en tanto no nos toque a nosotros. Diría yo, está fomentando el individualismo. Sin embargo, esta actitud acrítica e indiferente frente a las ideas no sólo se refleja en resignación y aceptación absoluta, por el contrario, hay quienes de manera pasional, infundada e irresponsable manifiestan estar en contra de las ideas o prácticas que les son diferentes. Entonces, estos últimos rechazan de plano cualquier idea que los saque de su “zona de confort” y la combaten con fanatismo ciego, sin siquiera darse el tiempo de reflexionar sobre la misma; sin pensar, cuestionarse, informarse, decidir y asumir cuál será su posición.
Ambas actitudes descritas podrían ser válidas si cada individuo viviera de forma independiente, pero no es así, vivimos en sociedad y necesitamos llevar al ágora, al debate público, aquello que nos interesa como sociedad y que repercute en cada individuo. Eso sí, debemos hacerlo de manera informada y racional; dispuestos a construir conocimiento y a la toma de decisiones fundamentadas, limitando al máximo lo prejuicios y estereotipos. De otro modo seguiremos callando y alejándonos cada vez más unos de otros, haciendo juicios de valor respecto a quienes son diferentes a nosotros o hasta ignorando a la sociedad y a sus integrantes, los cual sólo nos conducirá a ignorar los problemas en vez de resolverlos de forma temprana.
La humanidad no se ha construido a partir de la aceptación de una sólo versión, sino de la confrontación, la negación, la reflexión, la crítica y la discusión. Si no fuera así, seguiríamos pensando que la tierra es plana, que el color de piel nos hace más o menos dignos y que el lugar de las mujeres es la cocina.

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